jueves, 3 de mayo de 2012

Estrategias para espantar fantasmas 3

Entre los más temibles está el fantasma del trazo. El fantasma del trazo se dobla, se curvea, se tuerce resignadamente, se flexiona, se muda. Me engaña haciéndome dibujar a los hombros de Él como se dibujaría la forma de una grapa o de un corchete. Hombros arquitectónicos que, empero, sostienen una cabeza inclinada. No la inclinación que denota la humildad del santo, sino el ladeo de la negación. El trazo hace que vea en todos los hombres los hombros y torsos del hombre de la cabeza inclinada. Él.
     Es complicado saber cuándo y cómo llegará el trazo. Me cuesta saberlo porque el trazo tiene criterio, o parece tenerlo cuando aparece de súbito y se va. Es el engaño. El trazo es más rápido que la vista y más dedicado, por esta razón la firma de los pintores parece tan grave, tan aparentemente relajada y simple. El trazo milagrosamente se convierte en firma y alcanza así una de sus mayores perversiones.
     El trazo a partir de un hilo de sangre, se hace mancha; o a partir de un hilo de palabra deshilachada se hará tiempo detenido. El trazo también se hará imagen, un mapa, un teorema, el dibujo de una campiña inglesa o sueca, no importa, una campiña que nunca se ha visitado.
     El trazo traza caminos de llegada y de salida. El trazo me asusta por su capacidad intrínseca de transformarse. El trazo se imprime en la superficie cerebral y se hará aprendizaje inútil. El trazo se hace herida, se hace los hombros del hombre, jamás se ha hecho espalda de mujer, quizás se hará vello púbico o hebras de cabello. Pero los hombros, ésos son sólo los hombros de Él en los hombros de los hombres. Y su cabeza ladeada de hombre. Cabeza inclinada, manos sobre los bolsillos. Retrato de hombre con las manos en los bolsillos.
     No hay manera de parar al fantasma del trazo, por eso hay tantos dibujos, apuntes y pinturas. Ni qué decir del momento en el que el trazo se hizo palabra y formó vocablos terribles: como yo, como casa, como nuestro. Habría que implementar la estrategia correctiva de borrar el trazo o, al menos, de cerrar los ojos a su desastre. Cierre los ojos, como fue el mismo trazo el que cerró los ojos de los seres que duermen en las pinturas. Cierre los ojos al trazo que abre pozos peligrosos, al trazo que abrió ancha la boca de la faltriquera de Judas. Cierre los ojos al trazo que abre la boca grande que quiere alimentarse del otro.
     El trazo hizo que las cabezas de los que no son mujeres se inclinaran ante la impotencia de no ser hombres de cabeza enhiesta.