miércoles, 16 de noviembre de 2011

El fantasma del timbre

Ésta es la segunda noche que oigo sonar el timbre. Entre más lo oigo más me pregunto la razón. ¿Será la misma mano de anoche? Mano impaciente, mano reiterativa, mano ¿de hombre o de mujer? No se cansa. Seguro la oyen. Al parecer esa mano aún no aprende que después de una serie de toques es obvio que a uno no quieren abrirle.
Quizás sólo yo oigo ese sonido sordo y cerrado. ¿Será una señal? Comencé a sentir miedo, aunque ya no sé bien qué es. No lo es, creo, esta sensación de dejar que todo pase ni esta calma. En la noche de mi infancia imaginé al miedo como un animal formidable de dientes afilados. No es así como lo siento ahora. Ha cambiado. Lo sé. El miedo ya no es así. ¿Será que apenas lo conozco como realmente es? Esos dientes se han vuelto aire y fragancia, huele a lo que huele el pensamiento. Ya el miedo no se cuela por mis pulmones ni se vierte en lágrimas.
El timbre sigue sonando, tanta insistencia me suena irracional, por eso me pregunto si es una mano de venas, mano que ha tocado a otros con la misma suciedad con la que se toca sus propias llagas. Una vez oí mencionar que el fantasme de un reloj habitaba una casa que no era hogar. Esta noche estaré atenta al fantasma del timbre.