domingo, 15 de febrero de 2009

Madre Águeda Barea


Hace pocas semanas, me encontraba en un exclusivo lugar de la colonia Roma -la cantina La Auténtica- con dos grandes amigos cuando se me ocurrió llamar a una antigua amiga, compañera de votos, quien ya es la reverenda madre María Elena. Ella, con Flor Yolanda, Eulalia, Miroslava y yo, profesó los votos temporales en aquel sábado que yo aún recuerdo con amor. Sí, con amor. Viví mi profesión religiosa y mis votos con toda radicalidad. Precisamente, para no faltarles fue que una día decidí dejar la congregación.
Bien, el punto es que pregunté a la ahora Madre María Elena por su estado de salud y al recibir sólo buenas noticias de ella, pasé a mi otra pregunta: "¿Cómo está Madre Águeda?" Pero he de decirles que Madre Águeda nació en Cañete de las Torres, que es andaluza, que yo la conocí ya enferma y que en mis años de noviciado llegué a cuidarla muchas veces. Ella me regaló unos hermosos pañuelos y una mascada. En un cumpleaños pidió permiso para regalarme una agua de colonia para agradecer mis atenciones. Madre Águeda era conocida y apreciada por muchas personas.

Sabía hablar en alto y rezar no con una voz sino con un susurro. Sabía cocinar chilaquiles, coser fundas para la máquina, regañar con los ojos abiertos, reír desmesuradamente. Ella supo de las épocas en las cuales las escolapias usaban aquellos habitos negros de paño, gruesos y cerrados. Un día me enseñó un cilicio de brazo: un artefacto simple casi inofensivo de una cara, pero de la otra sostenía unos pinchos afilados. Ella nos dijo de la penitencia, ella y sus compañeras aún se disciplinaban en grupo.

Me contó tantas cosas, me dio tantos consejos, me perdonó tantas fallas... Sólo una vez logré levantarme antes que ella y tener listo, a su llegada, el café, la leche y lo necesario para el desayuno. ¡Maldición¡, sólo una vez, la muy... lista se levantaba antes que todas. También una vez, no usé bien las tijeras al quitarle una venda y la herí. Fue sólo un pinchazo que dejó salir unas gotas de sangre. Muchos días la cuidé. Muchas noches fui yo el último ser humano que vio antes de dormir. Yo la dejaba ya bien arropada, cómoda, lista para entregarse al "sueño de la muerte". De haber llegado el desenlace fatal, dejaría de verme a mí para ver inmediatamente después al Rey de La Majestad.

Ella me enseñó a hacer la genuflexión, a pesar de que ella no podía doblar las rodillas. No es por presumir pero creo que yo no hacía la genuflexión nada mal. Me costó pero aprendí a arrodillarme con humildad, con serenidad y amor.

Madre Águeda tenía años en México, estuvo aquí cuando murió otra escolapia en un accidente automovilístico. En palabras de Madre Águeda la sangre de la escolapia se iba con la lluvia que caía esa noche de la Ciudad de México por la calle, por la coladera; por eso, Águeda decía que en México saldrían muchas vocaciones, todas salidas de la sangre.

Siempre hablaba. Dios, pensándolo bien era dura, exigente y tierna. Me acuerdo que nos contó que cuando era niña se ponía en el piso alto del cortijo y que al pelar una naranja dejaba caer la tira al piso. Después, iba a verla y de acuerdo al número de pedazos en el cual se partía la cáscara se creía que ése sería el número de hijos que tendría. Se reía. Pero el recuerdo que más me hace reír es el que una vez nos contó a las novicias. Estaba ella en Cuba, en aquel colegio de las escolapias que después perdieron cuando las sacaron de la isla, y en la calle, vio a Fidel, acabado de bajar de la sierra como un hombre tan alto, "el más alto" y con "ésas barbas".

Sí, como habrán adivinado, Malena - perdón la ahora Madre María Elena- me dijo que Madre Águeda había muerto ya. Nadie me avisó. Dijeron que me buscaron. No lo hicieron lo suficiente. Ellas sabían que yo la quería. Preguntaba por ella. Me arrepiento de no haber ido a buscarla antes. Lloré en la puerta de La Auténtica -entre Álvaro Obregón y Cuauhtémoc. Lloré hasta que mis amigos fueron a consolarme. Lloré hasta que me llegó el enojo. No dije, ni diré a las escolapias nada pero sí que dije cosas no muy gratas para referirme a ellas. Ya las llamé y la Madre Provincial se ofreció a llevarme a verla al panteón.

Yo no sabía ni freír un huevo hasta que Madre Águeda me enseñó. Yo simplemente, le debo gran parte de lo que soy. Ella me recibió un día llorando porque unas mal intencionadas lenguas tlaxcaltecas le dijeron que, al salir de la congregación, me había dedicado a la vida disipada. Yo le dije que nada era verdad, que la habían engañado, que nunca haría nada malo pues nada malo me habían enseñado ellas.

Si me hubieran dicho, yo habría ido al velorio, al entierro, habría cantado con las escolapias en la misa y llorado con ellas. Dios no les pertenece por completo y sus muertos tampoco. Tanto Dios como Madre Águeda son míos también, míos y de quien quiera amarlos y llorarles.

Yo sólo quisiera ahora que Madre Águeda sepa que la quise mucho, que deseo que ella haya visto ya al "Amado Esposo de nuestras almas". Deseo tanto que no haya llegado a un lugar vacío y que esté vagando esperando encontrarse con Dios, sin verlo, esperándolo como quien espera a Godot. Pero no tengo la certeza...

Sólo quisiera que ella sepa que nunca he hecho ni haría nada que la defraudara, que si debo la mitad de lo que soy, lo debo a las escolapias y de esa mitad a ella le debo la respectiva otra mitad.