martes, 4 de noviembre de 2008

Los desdichados

Los desdichados de Babel
lanzan ayes medianamente dolidos,
apenas susurrados.
No lloran bien.
¿Cómo podrían?
si siguen creyendo
que su error fue
poner cimientos.

Si piensan que su error
fue apilar lodo y piedra,
Creyeron que fue la soberbia
que trasminada en su sudor
mojó la argamasa de lodo.
Porque fue su vida la derramada,
no usaron esclavos para planear esa gloria.

No saben llorar.
Creyeron que es del aguijón
del que hay que temer.

Los desdichados de Babel
no son soberbios,
son como niños que juegan
con el animal de garras
pensando en que arañará.
Creen que sólo hay que temer
a los dientes.

Los desdichados de Babel
no saben del verdadero rayo
que hiere y cauteriza.
Vigilan el frente, los costados
y la retaguardia, pero respiran
el veneno.

Creen que habiendo construido
sólo quedaba preocuparse de Dios.
Pero éste -quien sí supo
de terrores y cuidados- estaba cuidando
su terreno y sus costados.

Los desdichados no saben
dónde los tocará el boomerang.
No saben que tienen entrañas
hasta que las ven, hasta que se
enredan en ellas.