jueves, 30 de octubre de 2008

Fantasmas de dos que no han muerto



Me siento, a veces, rodeada por dos fantasmas: el de Madame Bovary y el de Ana Karenina. Hicieron su aparición poco después de la lectura de ambas obras. Uno de mis grandes amigos dice que no me parezco a ellas, me tranquiliza saberlo pero sólo por un rato. ¿Habrá una Emma y una Ana en cada mujer?, según Gaultier hay al menos una señora Bovary dentro. De ser cierto, yo no seré la excepción tan requerida para ilustrar la regla. Ya la siempre lúcida Carmen Martin Gaite hizo que la protagonista de su novela Nubosidad variable resolviera sus dilemas sentimentales diciendo: "No quiero terminar como Ana Karenina." ¿Quién quisiera terminar en las vías del tren o muerta pobre y desesperada como la Judith Shakespeare de Virginia Woolf? Cuando Lipovetsky en La tercera mujer habla de la necesidad de acabar con el modelo de la "mujer siempre repetida" incluiría, quizás, al modelo de las heroínas (o antiheroínas) de la novela romántica. Una envenenada en un estado de desesperación y la otra deprimida y sola; ambas sin hacerse a la idea que hay vida después de la efervescencia amorosa, que a la felicidad se juega por un rato y nada más.
Si hay algo rescatable es que en las dos protagonistas veo consciencia, problematización. El pobre Charles Bovary es un personaje gris quien se haya conforme atendiendo sus obligaciones: trabaja, come, opina, tiene miedo, ríe y ama a su mujer a su manera. Obvio, la señora Bovary es un personaje más complejo, al fin la protagonista, pero no sólo por eso se diferencia tan profundamente de su marido. Todo parece indicar que a mayor grado de capacidades de problematización de la vida hay mayor margen de error y más posibilidades de pérdida. Es la fórmula del riesgo. O se gana demasiado o se pierde también demasiado.
Es de la pérdida de lo cual más se ha escrito y se ha vivido. Las primeras líneas de Ana Karenina dicen más o menos que las familias felices son todas iguales pero que las infelices lo son cada una a su modo. Es como si el verdadero rasgo distintivo de los seres humanos fuera la infelicidad, la fatalidad (de la cual se queja tanto Charles Bovary al ver a su mujer muerta).
Hubo otro fantasma, el de Santa (de Federico Gamboa) pero a su historia ya le perdí el miedo desde hace años.