miércoles, 15 de octubre de 2008

Georgina Muñoz Martínez

Desde hace días vengo pensando en la forma en la cual los seres humanos tenemos la costumbre de boicotear nuestra propia buena vibra. Dejo a los especialistas (psicólogos, xocolaterapeutas, cultores de belleza, asesores matrimoniales, curas, catequistas, orientadores juveniles, chamanes, dirigentes de Talk shows, etc.) la tarea de explicar los orígenes y el mecanismo que escondido en el inconsciente "boicotea" todo intento de felicidad que dure más de dos minutos, racionaliza la aparición del sentimiento y del deseo y, para acabar pronto, jode.
Por ejemplo, en una pegajosa canción de Daniel Santos, que he escuchado mucho últimamente, el sujeto canta la presencia en su vida de un ángel, que vestido de mujer alegra el mundo con su belleza. Todo parece indicar que la canción, cuyo título es "Irresistible", llevará al alegrado oyente a ser testigo de un relato de encuentro y amor pero el giro es otro. El narrador dice de sí: "pero yo no soy más que un infeliz" y que al menos se siente consolado porque puede, aunque sea "ver de cerca a la más hermosa mujer". Bien decía mi abuela que el burro se castigaba solito. El discurso es así, aunque la canción es magnífica. ¡Escúchenla!
No creo que sea un buen ejercicio de salud mental pero si se nos pidiera enumerar lo que creemos que no nos merecemos seríamos unos expertos al hacer una lista larga, larga. No hay duda, sino sentimiento de condición inferior, hay ganas, pues, de no actuar. Por algo en los grandes relatos religiosos es común que el profeta se sienta "indigno" o que, prefiera seguir con su existencia común a dar el salto de calidad hacia algo que podría ser mejor. Si Dios lo propone no lo imagino proponiendo planes mediocres.
No del todo claro, pero ese sentimiento de sentirse "indigno" permea hasta la literatura. De la sensación de sentirse incapaz para escribir nació la fabulosa novela de Josefina Vicens: "El libro vacío". La paradoja del sujeto narrador, quien escribe su libro a la vez que lamenta no saber cómo ni qué escribir es productiva en medio de su aridez inicial.
Al menos yo, hasta hace unos días me di cuenta de que me ha ido un poco mal en el trabajo y sus vicisitudes diarias porque me acostumbré a verme como un sujeto que no se merece otra cosa: era la que "trabaja en un lugar", "la que anda allá o acá" pero no lo que quise hacer desde la mañana en la cual me animé a salir de la casa de mis padres. Bueno, así la noche de este frío miércoles de cine al dos por uno.

Para mi estado de ánimo

Releí el Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz, mismo que el poeta escribió -dicen- mientras se encontraba preso en Toledo. ¿Pueden imaginarse a un grupo de Carmelitas (hombres) enojados con el "bajito" Juan y éste, entre rechinar de dientes, hambre y sueño, escribe uno de los poemas más hermosos de la lengua española. No creí que me llegaría a gustar el testimonio de un alma abatida, desolada y perdida porque Dios la enamoró y la dejó "desalmada" como escribió el también poeta y español José Luis Martín Descalzo. ¿Quién dice que este poema sólo habla de Dios y no de lo humano?

ESPOSA

1. ¿Adónde te escondiste,
Amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste,
Habiéndome herido;
Salí tras ti clamando, y ya eras ido.
2. Pastores, los que fuerdes
Allá por las majadas al otero,
Si por ventura vierdes
Aquel que yo más quiero,
Decidle que adolezco, peno y muero.
3. Buscando mis amores,
Iré por esos montes y riberas,
Ni cogeré las flores,
Ni temeré las fieras,
Y pasaré los fuertes y fronteras.
4. Oh bosques y espesuras,
Plantadas por mano del Amado,
Oh prado de verduras,
De flores esmaltado,
Decid si por vosotros ha pasado.

RESPUESTA DE LAS CRIATURAS

5. Mil gracias derramando,
Pasó por estos sotos con presura,
Y yéndolos mirando,
Con sola su figura
Vestidos los dejó de su hermosura.

ESPOSA

6. ¡Ay, quién podrá sanarme!
Acaba de entregarte ya de vero;
No quieras enviarme
De hoy más ya mensajero,
Que no saben decirme lo que quiero.
7. Y todos cuantos vagan,
De ti me van mil gracias refiriendo,
Y todos más me llagan,
Y déjame muriendo
Un no sé qué que quedan balbuciendo.
8. Mas ¿cómo perseveras,
Oh vida, no viviendo donde vives,
Y haciendo porque mueras,
Las flechas que recibes,
De lo que del Amado en ti concibes?
9. ¿Por qué, pues has llagado
Aqueste corazón, no le sanaste?
Y pues me le has robado,
¿Por qué así le dejaste,
Y no tomas el robo que robaste?
10. Apaga mis enojos,
Pues que ninguno basta a deshacellos,
Y véante mis ojos,
Pues eres lumbre de ellos,
Y sólo para ti quiero tenellos,
11. Descubre tu presencia,
Y máteme la vista y hermosura;
Mira que la dolencia
De amor, que no se cura
Sino con la presencia y la figura.
12. ¡Oh cristalina fuente,
Si en esos tus semblantes plateados,
Formases de repente
Los ojos deseados,
Que tengo en mis entrañas dibujados!
13. Apártalos, Amado,
Que voy de vuelo,

ESPOSO

Vuélvete, paloma,
Que el ciervo vulnerado
Por el otero asoma,
Al aire de tu vuelo, y fresco toma.

ESPOSA

14. Mi Amado, las montañas,
Los valles solitarios nemorosos,
Las ínsulas extrañas,
Los ríos sonorosos,
El silbo de los aires amorosos.
15. La noche sosegada
En par de los levantes de la aurora,
La música callada,
La soledad sonora,
La cena, que recrea y enamora.
16. Cazadnos las raposas,
Que está ya florecida nuestra viña,
En tanto que de rosas
Hacemos una piña,
Y no parezca nadie en la montiña.
17. Detente, cierzo muerto,
Ven, austro, que recuerdas los amores,
Aspira por mi huerto,
Y corran tus olores,
Y pacerá el Amado entre las flores.
18. Oh, ninfas de Judea,
En tanto que en las flores y rosales
El ámbar perfumea,
Morá en los arrabales,
Y no queráis tocar nuestros umbrales.
19. Escóndete, Carillo,
Y mira con tu haz a las montañas,
Y no quieras decillo;
Mas mira las campañas
De la que va por ínsulas extrañas.

ESPOSO

20. A las aves ligeras,
Leones, ciervos, gamos saltadores,
Montes, valles, riberas,
Aguas, aires, ardores,
Y miedos de las noches veladores.
21. Por las amenas liras
Y cantos de Sirenas os conjuro
Que cesen vuestras iras,
Y no toquéis al muro,
Porque la Esposa duerma más seguro.
22. Entrádose ha la Esposa
En el ameno huerto deseado,
Y a su sabor reposa,
El cuello reclinado
Sobre los dulces brazos del Amado.
23. Debajo del manzano
Allí conmigo fuiste desposada,
Allí te di la mano,
Y fuiste reparada
Donde tu madre fuera violada.

ESPOSA

24. Nuestro lecho florido,
De cuevas de leones enlazado,
En púrpura tendido,
De paz edificado,
De mil escudos de oro coronado.
25. A zaga de tu huella
Los jóvenes discurren al camino
Al toque de centella,
Al adobado vino,
Emisiones de bálsamo divino.
26. En la interior bodega
De mi Amado bebí, y cuando salía
Por toda aquesta vega,
Ya cosa no sabía,
Y el ganado perdí que antes seguía.
27. Allí me dio su pecho,
Allí me enseñó ciencia muy sabrosa,
Y yo le dí de hecho
A mí, sin dejar cosa;
Allí le prometí de ser su esposa.
28. Mi alma se ha empleado,
Y todo mi caudal, en su servicio,
Ya no guardo ganado
Ni ya tengo otro oficio;
Que ya sólo en amar es mi ejercicio.
29. Pues ya si en el ejido
De hoy más no fuere vista ni hallada,
Diréis que me he perdido,
Que, andando enamorada,
Me hice perdidiza y fui ganada.
30. De flores y esmeraldas
En las frescas mañanas escogidas,
Haremos las guirnaldas,
En tu amor florecidas,
Y en un cabello mío entretejidas.
31. En solo aquel cabello
Que en mi cuello volar consideraste,
Mirástele en mi cuello,
Y en él preso quedaste,
Y en uno de mis ojos te llagaste.
32. Cuando tú me mirabas,
Su gracia en mí tus ojos imprimían;
Por eso me adamabas,
Y en eso merecían
Los míos adorar lo que en ti vían.
33. No quieras despreciarme,
Que si color moreno en mí hallaste,
Ya bien puedes mirarme,
Después que me miraste;
Que gracia y hermosura en mí dejaste.

ESPOSO

34. La blanca palomica
Al arca con el ramo se ha tornado,
Y ya la tortolica
Al socio deseado
En las riberas verdes ha hallado.
35. En soledad vivía,
Y en soledad ha puesto ya su nido,
Y en soledad la guía
A solas su querido,
También en soledad de amor herido.

ESPOSA

36. Gocémonos, Amado,
Y vámonos a ver en tu hermosura
Al monte y al collado,
Do mana el agua pura;
Entremos más adentro en la espesura.
37. Y luego a las subidas
Cavernas de las piedras nos iremos,
Que están bien escondidas,
Y allí nos entraremos,
Y el mosto de granadas gustaremos.
38. Allí me mostrarías
Aquello que mi alma pretendía,
Y luego me darías
Allí tú, vida mía,
Aquello que me diste el otro día.
39. El aspirar del aire,
El canto de la dulce Filomena,
El soto y su donaire,
En la noche serena
Con llama que consume y no da pena.
40. Que nadie lo miraba,
Aminadab tampoco parecía,
Y el cerco sosegaba,
Y la caballería
A vista de las aguas descendía.