martes, 26 de agosto de 2008

Una mujer en soledad


Animada por un cosquilleo literario, conseguí y leí la novela Una mujer en soledad de Miguel N. Lira. El gusto que le hallé es directamente proporcional a la ansiedad por saber de qué se trataba. Como lectora no me siento defraudada. La primera edición de esta novela es de 1956, fue la única que le publicara el Fondo de Cultura Económica al Miguel N. Lira y la más urbana de todas.
Por tratar el tema del crimen, ha sido considerada una novela policial, lectura totalmente acertada ya que muestra y resuelve el asesinato de un químico que fabrica y vende heroína. En un autobús que viaja a Puebla, muere César Marín, se desploma con una naranja entre las manos y los pasajeros son obligados a pasar una noche en un pueblo "con nombre de santo" y a declarar al día siguiente ante las autoridades. Esta muerte tan trivial como perturbadora, unirá a Miguel y a Rita, dos de los pasajeros y servirá como pretexto para conocerse, amarse y hacerse cómplices. Después de la realización del delito inicial, vendrán otros y la relación amorosa de los protagonistas se convierte en una colección de zozobras, revelación de verdades, huidas, atracción sexual y necesidad de vivir la soledad.
La novela tiene, además, de la lectura policial, oportunidades magníficas de análisis, mismas que espero alguna vez escribir. Me refiero a la forma en la cual el texto comienza con la voz interiorizada de Miguel con su modo de verse a sí mismo. No se sabe a qué va a Puebla, no se sabe de dónde viene ni cómo fue su vida antes de la muerte de Marín. Parece que Miguel "no era" hasta que se encontró con Rita. Va leyendo durante el camino como esperando que el destino le dicte rumbo. Los mismos narradores de la novela hacen referencia a la aparición del inminente destino que habrán de aceptar los hombres.
Es él el verdadero ser en soledad. La satisfacción de contemplar la belleza de una mujer, el saberse correspondido en algunos de sus sentimientos y, sobre todo, unido a la mujer por el temor, ayudan a que Miguel encuentre la paz. Lo femenino, en esta novela, no necesita explicarse o completarse, Rita es ella misma sólo con recordarlo. Es lo masculino lo que necesita definición y orientación.
La historia de Rita es en las primeras cartas (olvidé decir que la novela está contada a través de cartas) una narración de los excesos del provincialismo. Rita debe padecer las consecuencias de la anquilosoada clase social a la que pertenece. Embarcada en un mal matrimonio, casi encarcelada (es decir, escondida) por su familia política, olvidada por su familia de sangre, Rita termina en la Ciudad de México viviendo de un modo completamente diferente. Podríamos decir que es feliz y libre hasta que también es "devorada" por una red de crímenes que se cuela hasta el mundo del teatro al cual llegó a pertenecer. Casi parecen dos novelas, dos registros, pero de verdad es Rita quien une ambos mundos, ambas narrativas y es ella quien pierde de ambas formas.
Finalmente, me interesa escribir acerca del papel del narrador externo, el testigo de un escritor quien lee las cartas y sabe de la tragedia de los amantes. La presencia de éste es el vivo ejemplo de que sin testigo (real o fabulado) no habría literatura.