jueves, 14 de febrero de 2008

Cronotomías. Del tiempo vivido al tiempo recuperado

Debo a mis lectores un comentario acerca del libro Cronotomías de Joel Dávila, profesor investigador de la Universidad Autónoma de Tlaxcala, a quien Juan Bañuelos bautizó acertadamente con el epíteto: “Maestro de maestros”. Bien dice Francisco Varela que este libro es un testimonio del viaje entre Apizaco, Ciudad Modelo, y Puebla. Yo también he recorrido ese camino y, si contamos la posibilidad de ir de Apizaco a Puebla vía Tlaxcala o San Martín, no hablamos sólo de un camino sino de varias maneras de llegar al mismo punto.¿Así como todos los caminos llegaban a Roma, llegarán también a Apizaco? ¡Seguro! A la infancia, la adolescencia y la adultez se llega por diversas vías y no sólo a través del carísimo medio del psicoanálisis o gracias a los viajes astrales, ahí verán ustedes una de las utilidades de la literatura. Joel Dávila en “Robándole cicatrices al olvido” habla del Apizaco de su niñez, un Apizaco también niño y festivo que se fue incorporando a la modernidad. Un Apizaco que se precia de ser una de las ciudades mejor trazadas del estado.

No sé de números estadísticos pero aquéllos que conozcan Tlaxcala sabrán que entre Puebla y Apizaco transitan diariamente muchísimas personas en automóviles particulares o en democráticos camiones. Cuando pienso en ese ir y venir constante, que yo misma recorrí, me da por imaginar la cantidad de pensamientos que pasan por la mente de los viajeros (los que no se duermen con el balanceo del camión); ¿cuántas decisiones se tomaron en el trayecto?, ¿cuántas reflexiones los sorprendieron?, ¿que pensamientos los asaltaron?: trivialidades y seriedades, seguramente. Creo que es a ese constante movimiento de cuerpos y mentes a lo que se refería Bajtín cuando hablaba del cronotopo del camino: éste es la metáfora del crecimiento y el que se fue no siempre será el mismo que regrese (Heráclito). El relato “De topes y tropelías” trata estos temas y del “papel” que ahora tienen los altos y numerosos topes en las carreteras como la llamada vía corta a Puebla.

Rulfo en la memoria” también parte de Apizaco y Puebla pero es un relato que proyecta a a su protagonista más allá del territorio tlaxcalteca: a Guadalajara. Es un homenaje a la literatura, a la radio, al cine y a la etapa universitaria. Además, en este relato se encuentra la huella que dejó en el escritor la educación en las aulas de los escolapios del Instituto Fray Pedro de Gante. La presencia escolapia en el estado de Tlaxcala es digna de estudio y reconocimiento y en “Un ángel regresó al cielo” se habla de uno de ellos, Chinchachoma, a quien algunos de sus hermanos escolapios adoraban y otros... no tanto.

Para quien no pensaba que se podía, “Los clones anencefálicos” es un relato de ciencia ficción en el mero Altiplano, porque eso de crear escenarios apocalípticos tipo Terminator y Matrix no sólo se le da a los gringos. “No era piromaniaco, tampoco escritor” es una agradable farsa literaria que viene a reivindicar a muchos escritores anónimos y desconocidos, que seguirán siendo anónimos y desconocidos, y a sus avezados críticos.

Hay muertos que sí hacen ruido” es otro de los relatos que profesan gran amor a Apizaco, a la familia y al relato oral, pasiones confesadas de Joel Dávila. El libro termina con “La estación”, un relato palatable gracias a un escondido lirismo del autor.

Dado que mezcla estilos y registros, Cronotomías es un libro híbrido, genéricamente hablando; de ahí parte de su atractivo, porque el lector se encuentra con sorpresas afortunadas: pasar del ensayo al relato, de la ciencia ficción a la prosa poética, del tiempo vivido al tiempo recuperado. Creo que cualquier apizaquense que así se considere encontrará mucho de sí mismo en este libro. Aunque no sólo serán ellos, sino todos los tlaxcaltecas y poblanos quienes, aunque no lo quieran, deberán compartir el Altiplano por los siglos de los siglos...

miércoles, 13 de febrero de 2008

Evocación oracular


Evocación oracular de Marisol Nava no es un poemario para leer en una sentada ni para pasar el tiempo; digo leer como cuando digo comprometerse, gozar, sufrir, reflexionar, paladear, … El segundo poemario de esta escritora de Santa Ana Chiautempan tiene una fuerza simbólica impresionante, reflejo, me parece, de una envidiable vida interior y del trabajo constante en la búsqueda de la propia voz, trabajos personales que no son sinónimo de ensimismamiento, sino de un justo balance entre el vivir en sí y en el mundo al mismo tiempo.

La primera parte titulada “La irrupción” se caracteriza por el impulso creador, los versos tienen el carácter de un libro sagrado en el cual la poeta es llamada a cumplir una misión; nuevo profeta, aquélla siente que su “lengua revienta” y así habrá de cumplir un destino: ser portadora, intérprete o traductora de un mensaje que se ha gestado antes y que habrá de ser “evocado”. ¿Cómo podrá evocar algo tan grande? Primero, dice la poeta, con “silencio”, después con osadía. ¿No es acaso la historia de la literatura una continua evocación de misterios? En esta parte la poeta expresa que el impulso creador es, a la vez, destructor. Habla del ciclo de la vida y la muerte en el agua, la tierra, el fuego y el aire. Habla del tiempo, de cómo éste llega a ordenar pero que después deberá ser anulado, porque en el mismo lugar habitan los recuerdos y el hoy.

El génesis” es un paseo reflexivo por el ayer, un ayer del cual se tienen indicios y conjeturas pero que no podrá ser conocido totalmente. En ese pasado están los padres, los padres de nuestros padres, y los padres de estos. En ese ayer está la misma voz poética viendo que el aquél está compuesto de desorden y desparpajo, pensando que ella misma es ese desorden, ese silencio que se pasa de generación en generación.

La víspera” es la tercera y, creo, la más serena de todas las partes. El día, para los judíos, comienza en la víspera; la tarde es la hora de descanso, la “hora del amigo”. La voz poética encuentra en la víspera algunas certidumbres, respuestas, es, finalmente, un remanso.

El ocaso” también es productivo pero no tan sosegado, silencioso y dialogante. El poema retoma las imágenes fuertes, vuelve la lucha entre el diálogo y el silencio, entre la orfandad y el sentimiento de pertenencia.

El oráculo ahora”, última parte, es otro testimonio de la orfandad, de la soledad que el Misterio dejó en la voz poética. “El oráculo ahora” habla, a su manera, del drama del verso de Juan de la Cruz: “¿Adónde fuiste, Amado, y me dejaste con gemido?” Sin embargo, a pesar de que haya soledad y desasosiego, la presencia del Ser habitará al poeta.

Otras virtudes tiene Evocación oracular: forma parte del catálogo de Páginas (junto con Cronotomías de Joel Dávila y Cacaxtla de Howard Quackenbush, entre otros), proyecto editorial que profesa gran amor al terruño y a sus habitantes, y es un producto de la creación literaria del estado de Tlaxcala, misma que dará de qué hablar y de qué escribir.