jueves, 18 de octubre de 2007

Hacerla de jamón

Creo que todos hemos vivido la experiencia de encontrarnos con compañeros de trabajo, familiares y anexos, quienes acostumbran poner “peros”, echar para atrás las mejores iniciativas o que, simplemente, tienen una habilidad natural para decir “no” de las maneras más exasperantes. Comúnmente, decimos que esas personas la “hacen de jamón”. Esta semana he dicho a mis amigos: “Fulanita me la hizo de jamón” o “Sutanito sólo va a las juntas a hacerla de jamón”. Dejo el diagnóstico de mi pobreza lingüística para otro momento y prefiero preguntar: ¿de dónde viene la frase famosa? Como me muevo continuamente entre Tlaxcala, el Distrito Deferal y Celaya ya no sé dónde la oí y menos si dicha frase es socorrida en los tres lugares. Por supuesto, agradeceré si alguien me dice si la expresión viene de algún evento importante. Pero mientras la respuesta llega, seré paciente tratando de explicármela.

En principio, hay que decir que el jamón (no sé si de pavo, pierna o soya), forma parte de la caracterización del Chavo del Ocho quien tiene el sueño de comerse una torta de jamón. Hasta en las aspiraciones culinarias el personaje de Roberto Gómez Bolaños es modesto, poquitero, quizás, si lo comparamos con el Macario de B. Traven, quien anhelaba comerse un jugoso pavo completo. Espero que el mentado Chavo haya comido en algún capítulo la torta de sus sueños. De no ser así, invito a los doctos a escribir reflexiones eruditas acerca de la negación que, ¡ay!, parece ser una constante en nuestra vidas y, por supuesto, abucheo al guionista.

No sé desde cuándo los huevos con jamón se convirtieron en un desayuno popular. Pero en mi experiencia, las familias, que se diferenciaban social y económicamente de las comunes, desayunaban con frecuencia dicho platillo. Creo que por eso en mi niñez asociaba al jamón con la abundancia. Pero, también es cierto que en cualquier puesto callejero las tortas de jamón son las más baratas. Quizá es de ahí, de la calle, de donde viene la expresión “Hacerla de jamón”. Como es un territorio de todos y, a la vez, de nadie, casi todo viene de la calle; en ella el lenguaje pierde los buenos modales y se desempolva para regresar a casa renovado.

En el fondo del malestar porque alguien me “la hizo de jamón” está la sensación de sentirse traicionado, atacado sin merecerlo. Es casi como pagar una torta de milanesa y recibir algo menor (o sea, una de jamón). Todavía más al fondo, uno expresa un malestar social, vital. Encontrarse con alguien que te la haga de jamón es educativo, quizá tanto o más educativo que aquella enseñanza de vida aprendida en el kínder: si muerdes a tus compañeros ellos te aislarán. Eso he oído porque yo no fui el kínder. Dolorosamente uno aprende (parece que no hay otra forma) que el otro existe y que los ideales de comunión, empatía y solidaridad son y serán ideales para toda la vida.

Quisiera terminar diciendo que la palabra “jamón” tiene también una connotación sexual. Cualquier adolescente y adulto calenturiento que sepa que el jamón sale de la pierna del animal, jugará con las oportunidades lingüísticas del caso y llegará a decir que le “agarró el jamón” a la fémina de sus sueños. Sin embargo, ahí algunas mujeres, como yo, estaríamos un poco disgustadas porque no fuimos favorecidas con ese tipo de jamón... “Para jamones, las ibéricas” -decía un ex-novio- porque a las pequeñas como yo nos faltó. Y ahí sí que si Dios tuvo que ver con eso, hasta él tuvo que hacérnosla de jamón.

martes, 16 de octubre de 2007

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Quizá, lo que más admiro de un proyecto cinematográfico es la sencillez y la autenticidad. Cero pretensiones y mucha fe en un proyecto sumamente cuidado y sincero son características de la película Dame 10 razones, escrita y dirigida por Brad Silberling . En la película, un director independiente ofrece a un veterano actor (Morgan Freeman) integrarse a su proyecto. Al actor, quien fuera héroe de películas de alto presupuesto y quien lleva cuatro años sin filmar, le ofrecen un papel de gerente de un súper y acepta ver las locaciones de filmación para decidir si lo acepta. Así, Freeman llega al Ranch Supermarket, punto de compras de inmigrantes latinoamericanos, con el objetivo de analizar y memorizar los movimientos, las reacciones y conductas del gerente del establecimiento. Ahí ve a Scarlet (Paz Vega), la malhumorada cajera que atiende la caja rápida de 10 o menos artículos. Más a fuerza que de ganas, Scarlet acepta ayudar al actor a llegar a su casa porque éste salió de casa sin efectivo, sin celular y sin conocimiento de sus propios números telefónicos. Pero, antes Scarlet lo llevará con ella por los lugares que debe recorrer ese día: adentrarse en los suburbios para enfrentar a su ex-marido y a la nueva mujer de éste y llegar a una empresa constructora para una entrevista de trabajo.

En Scarlet y Freeman se unen dos de los estratos sociales de una gran ciudad como Los Ángeles: el marginal y el opulento; sin embargo, no es la convergencia entre estratos tan distintos lo que hace interesante a la película. Se trata de una película formada de diálogos dinámicos, con una historia sencilla y muy bien contada. Con Scarlet se muestra la forma en la cual una persona (hombre o mujer) debe decidirse a pedir de la vida algo más. Las intervenciones del personaje que interpreta Freeman invitan a ver la vida (una tarde, una jornada de trabajo) como si fuera un relato, es decir, como una historia que tiene que ir renovándose, tomando nuevos giros, desechando personajes y recibiendo a otros. En suma, una vida en movimiento constante en pro de la llegada de un “fuerte final”.