jueves, 7 de junio de 2007

Tres puños

Dormía tan profundamente que tardó en despertar ante el jaleo de la habitación contigua. La luz del pasillo invadía tímidamente el quicio de la puerta y otra luz, definida y geométrica, en la carátula del reloj de mesa ofrecía la hora. Eran las tres de la mañana. Todavía en cama y con los ojos alertas adivinó el motivo: Sor Ángela debía pasar otra noche crítica. Sin embargo, el murmullo de voces femeninas al unísono se definía a cada segundo en el oído dejándola reconocer el salmo 50. Así supo que era ésta la noche definitiva. No obedeció a su primer impulso y siguió acostada. Ya era tiempo, pensó, y se alegró. Ambas saldrían beneficiadas, ella podría cuidar a otras hermanas y la otra dejaría de luchar con su matriz, en la cual se habían reproducido células malignas.

Ya de pie, desvistiéndose, repasaba el mismo salmo con el pensamiento y recordaba a la vieja religiosa exigiéndole más agua tibia, recitando en voz desesperada un ave maría y diciéndole que era una perezosa. Cuando fue destinada a la casa de monjas mayores debió imaginarlo. Por ser la más apta, es decir, la nueva, fue elegida para cuidarla. Al principio, su disposición febril de neoprofesa la ayudó a tomar esa responsabilidad con alegría y serenidad. Creyó que nada podía provocarle más orgullo que saberse útil para aliviar el trabajo de las demás. Creyó estar ante una oportunidad sublime: ayudar a una hermana tan limitada ya en sus fuerzas físicas y tan segura en las espirituales era un privilegio. Era como estar ante el mismo Dios en el monte calvario. Pero Ángela era dura, fría, parecía hablar con Dios en su propio código de amargura. El ánimo de la joven se rompió poco a poco. Ángela tenía en ella a una sirvienta fácil de maltratar. Ahora Carmen dudaba, ¿era difícil la moribunda o ella era la débil, la ilusa? Empezó a dormirse en los Laudes, a distraerse en la misa, a comer más y a hablar menos.

Vestida ya se dirigió al baño. Aún sentía ese dolor agudo, ceñido a su cintura y cadera como una tela de trama apretada. La tarde anterior, ese cólico convenció a la superiora y ésta permitió dejarla descansar. La disculpó de las Vísperas y hasta le autorizó usar la lavadora para limpiar su ropa manchada de sangre: una doble vergüenza. Porque cada privilegio o comodidad era una vergüenza. La toalla estaba empapada, el periodo era profuso e incómodo. En casa nunca se sintió mal, ni un solo cuidado maternal, ninguna jaqueca, ni una sola mancha en las pantaletas o en las sábanas.

Estaba lista pero no se atrevía a salir. Quería volver a dormir un sueño no sujeto a las horas ni a los rezos. Extrañaba las reuniones despreocupadas de su familia joven. El timbre sonó. Los pasos apresurados en el pasillo la contagiaron y con cuidado sostuvo la perilla para no hacer ruido. Todas sentadas alrededor de la cama la miraron expresando un reclamo sutil por la tardanza. Ocupó la silla vacía dispuesta para ella. Sor Ángela tenía los ojos cerrados, respiraba con esfuerzo y en sus manos encrispadas un cristo de plata agonizaba también. La sábana pegada a su cuerpo permitía ver sus músculos contraídos. Siguiendo las indicaciones del cura recién llegado, todas emitieron un amén automático. La moribunda abrió los ojos. Carmen se levantó y un flujo caliente y abundante salió por su vagina. Todas creyeron que se acercaría a la moribunda pero salió para refugiarse en la capilla. Ahí la lámpara del sagrario temblaba. Por alguna razón, Carmen creyó que estaba atrapada en esa llama dubitativa y delgada. Pensó que Dios la obligaba a estar con él y que no una sino sus tres personas la golpearían con sus puños.