lunes, 28 de mayo de 2007

Declaracion de amor

El sábado cargué un suéter de más porque recordé que en Tlaxcala siempre siento más frío que en otros lugares. La primera vez que pisé territorio tlaxcalteca no iba tan preparada, la información que había recibido acerca del estado y su gente no fue suficiente para saber a lo que me enfrentaría. No es secreto que guardo un recuerdo más que entrañable de la capital y que muchos de los mejores momentos de mi vida independiente los viví allá. Llegué, muchos lo saben, porque la congregación de monjas a la que pertenecía me destinó a la comunidad del conocido Colegio Sor Juana Inés de la Cruz y que el mismo año de mi llegada ingresé a la Licenciatura en Literatura Hispanoamericana de la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Aunque para muchos la también llamada Cuna de la Nación es el culodelmundo, para mí fue el escenario ideal para vivir cuando creía que el mundo era pequeño y que podía comérmelo pausadamente como hace uno con un delicioso chocolate. Acogí los pequeños pero dignos lugares de esa ciudad para hacerlos parte de mi vida, ni los de mi ciudad natal han marcado tanto mi futuro. Tres años observé la ciudad y a su gente desde una burbuja de cristal protegido por las hermanas y a la vez atada a su propio destino. El resto lo dediqué a descubrirla y a descubrirme. Mirarse en el propio espejo no es fácil. Al saber que no quería ser más la cándida monja se abrió una oportunidad, mi oportunidad histórica para saber qué quería hacer conmigo. Gracias a Tlaxcala empecé a descubrirlo, ahí erré y acerté. Salí para trabajar en el Distrito Federal y cada vez que viajo hacia allá recuerdo porque siempre regreso:

En Tlaxcala me enamoré. No justificaré mi cursilería. Recuerdo aún sus ojos brillando bajo la luz de los Portales, esos que dicen que antes eran desiertos y que albergan ahora sucursales de banco, tiendas, restaurantes, oficinas, cafés, una librería y un puesto de revistas. Cada vez los recorro menos rápido. Volviendo al enamoramiento diré que es cierto que esas experiencias te convierten en un ser humano mejor, lo mismo más alegre, astuto, dolido y trágico. Sin esto no sería amor… Ahí estaba él y como supe que eso era para mí, lo tomé.

En Tlaxcala me dejé seducir por la humanidad y verdad de mis maestros. No podré olvidar a Joel Dávila, a Blanca Lugo, a Marisol Nava, a Alfredo Pavón, a Enrique Jiménez (el canario), a Russell M. Cluff, a Howard Quackenbush, a Jacqueline Bernal, a la maestra Francisca, a Micaela Morales, a Martín Sánchez, por mencionar a los que recuerdo más vivamente.

Diré que a mis amigos y compañeros no les he dado el seguimiento que merecen y que una de mis deudas es con ellos. Nunca ha dejado de sorprenderme e inspirarme su entusiasmo. A Wendoline Flores le tocó la pesada tarea de ser mi amiga incondicional, consultora de maquillaje, abogada defensora, manager, etc. Su gran calidad humana se refleja en el hecho de que no sólo no ha dejado de ser mi amiga sino que parece disfrutar de mi compañía.

En Tlaxcala aprendí a trabajar, a ser responsable y a disfrutar de la vida. Fue ahí donde supe que la vida era más compleja y disfrutable que como la veía en Celaya o en el convento. Ahí también aprendí a nadar y a desarrollar cierta aversión hacia los poblanos. Caminé por sus calles de madrugada o de noche. Lloré y reí en sus calles. Subí y bajé la Malinche. Vibré con el Carnaval. Sé lo que es viajar en el maletero de la suburban que va a Apizaco, dormí en los autobuses verdes PTC (Puebla-Tlaxcala-Calpulalpan) y aún me mareó con el desodorante del ATAH Ejecutivo. Defiendo la idea de que los volcanes se ven mejor de aquel lado que desde el Distrito Federal. Como escuché una vez decir a una poeta: es difícil vivir lejos de las faldas de la Malinche.