lunes, 16 de abril de 2007

Examen de conciencia

Apenas surge un tema en el debate nacional y todos hablan, hablan y hablan. Si de verdad supiéramos la serie de salvajadas que decimos nos morderíamos la lengua. Óscar, uno de mis mejores amigos me dijo que era muy triste vivir en un país donde todos (sin excepción) se sentían capaces de gobernar, lo mismo podríamos decir acerca de hablar. Habló ya Roberto Gómez Bolaños diciendo que su madre optó por defender su vida; habló Paulina, no la Chica Dorada sino la joven de Mexicali, quien dijo que a ella le hubiese gustado el poder de decidir acerca del producto de la violación que sufrió. Hablan en los púlpitos, en los Vips, en el metro... tantos hablan que más de alguno debe sentirse confundido. En medio de tantas palabras las mías serán sólo algunas más en un tema tan espinoso. Les contaré algo. En mi estancia conventual era común rezar por las mujeres que se encontraban ante el dilema de abortar. La petición era siempre la misma: "Señor, te pedimos por aquellas mujeres que están pensando en abortar a su hijo, ilumínalas, dales a entender que deben proteger la vida e infúndeles amor hacia la criatura que llevan en su interior". Yo llegué a pedir eso alguna vez y debo decir que la usé cuando ya no se me ocurría nada para pedir. Nunca fallaba, tampoco pedir por los que no tenían un lugar para pasar la noche para que "una mano amiga" les ayudara. Estoy segura que Dios nunca nos escuchó. ¿Qué podíamos saber nosotras de realidades tan ajenas? Sin embargo, sonaba muy bonito. Hablábamos porque era nuestra obligación hablar, aconsejar, pensar en un mundo hermoso donde "nada podría hacerte más feliz que tener un hijo". Después de tantos años creo que hablar por otro, pedir que el otro sea como yo, desear que respete lo mismo que yo, pretender que Dios está de mi parte fue un error mayúsculo.