viernes, 23 de marzo de 2007

El niño del cartón


¡Chamacos mugrosos! ¿Quieren que les cuente un cuento? ¿No? ¡Pues me vale! Esta historia me la contó un colega que trabaja allá por Jalalpa. Se trata de la verdadera historia de Emiliano, mejor conocido como El niño del cartón. Su padre era Gepeto, un artesano que hacía judas de cartón y muñequitos de Fox para quemarlos en Semana Santa. Todo iba bien pero el Gepeto empezó a juntarse con una bola de borrachos perdidos igualitos a sus papás, chamacos. Tanto lo enviciaron que el vecindario empezó a llamarlo el Gepedo. Y mientras el vicio se lo chupaba, lo que se puso de moda fueron los muñequitos y muñequitas pero de plástico que se infla y no eran para quemarlos sino para quemarse. ¡Órale! Revisen el closet de sus papás y verán que no miento. El Gepedo seguía chupando desde que le amanecía hasta que anochecía. Total, una noche llegó hasta las chanclas, traía tanto alcohol que ya tenía esterilizado el aparato digestivo. Y así de pedote se puso a hacer un muñeco de cartón. Ustedes deben saber más de eso porque cuando los hicieron sus papás estaban bien borrachos. ¿O no? Le quedó tan bonito el muñeco que Gepedo no lo quiso quemar y le puso Emiliano. Esa madrugada llegó un hada azul y lo convirtió en un niño de verdad. Lo único que se le quedó de muñeco fue el carácter porque era callado callado, chamacos, así como deberían ser ustedes. Cuando el Gepedo lo vio juró que ya sólo iba a chupar cada tercer día para no darle malos ejemplos a su hijo. Pasaron los años y Emiliano trabajaba como repartidor de Bimbo y de la Coca-Cola y una noche mientras Emiliano esperaba al borrachales de su padre entró a su casa la Colorida, su vecinita de la vecindad. Era una apetitosa mujer de respetables influencias. Ella le dijo que era su nueva hada madrina y que Emiliano dejaría de ser el niño para convertirlo en un hombre de verdad. ¡Órale¡ ¡No, chamacos pulguientos! ¡Eso fue de puro prau prau! El Emiliano no se la acababa…ni se la acabó. Al día siguiente, ya convertido en un hombre de verdad, el Emiliano dejó su chamba de repartidor de refrescos y ahora acompañaba al repartidor de cervezas y como siempre llevaba sus cartones al hombro le pusieron el niño del cartón pero… de chelas. En su nueva vida hasta se olvidó que tenía padre porque madre pues nunca tuvo. Y el Gepedo nunca volvió. Ahora se dedicaba a la repartición y a regentear a la Colorida mis chamacos. Se hizo re’popular entre las nenorras y en las fiestas siempre llegaba con su cartón de chelas bien frías. Eso sí, lo único que no se le quitó fue lo callado. Ninguna de sus hadas madrinas le dio facilidad de palabra. Parecía autista, chamacos, no que ustedes parecen unas chachalacas neuróticas. Nomás llegaba con su cartón de chelas y se ponía a chupar y a chupar. No decía ni pío. Sus amigos ni se daban cuenta cuando se iba o cuando llegaba. Precisamente por eso las chamacas lo querían más. Y la verdad no sé en qué termine la historia porque El niño del cartón de chelas está todavía vivo celebrando sus 30 años y el muy ladino no me invitó. Pero mientras, ¿quieren saber la moraleja de esta historia?, ¿quieren saber la moraleja de esta historia? ¿No? Pues me vale, hijos de su mal dormir. Ahí les va. ¡Escuchen!

¡Más vale ser el niño del cartón que el niño sin amor! ¡Orale!