jueves, 15 de marzo de 2007

Ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre


Juana de Arco. El corazón del verdugo de María Elena Cruz Varela ganó el Premio de Novela Histórica Alfonso X, el Sabio 2003; premio que al parecer goza de gran prestigio en España. En aquélla, se cuenta la historia de una mujer a quien se le pide elaborar una novela acerca de Juana de Arco. Mientras realiza la investigación histórica de rigor, la escritora vive una etapa de improductividad literaria lo cual se suma al hecho de que en el terreno personal enfrenta una segunda etapa en su matrimonio y como segundas partes nunca fueron buenas (reza el refrán) la novela se escribe a la par del ocaso de la relación. Por eso algunos capítulos hablan de este tema y otros cuentan la historia de un grupo de frailes que se ven envueltos en una gran intriga: veintiún años después de la ejecución de Juana de Arco, aquéllos descubren que existe un manuscrito en el cual donde se cuenta en detalle las perversiones hechas al proceso inquisitorial practicado a la joven campesina de Orleans. Cuando dichos frailes descubren el complot, huyen para poner a salvo dicho manuscrito y son perseguidos, por supuesto, por los creadores del engaño quienes desean recuperar todo documento que los incrimine.


A pesar de que la novela juega bien con la idea de la metaficción (el texto que se escribe a la par de la lectura) y de que, cuenta la historia de una escritora que se ve interpelada continuamente por el tema que desarrolla, la novela es francamente olvidable. Parte del fracaso radica en el hecho de que Juana de Arco es la gran ausente; además, el juego del manuscrito perdido, protegido y sacado a la luz para que se imparta justicia es una buena historia pero ha sido ya muy gastada en otras novelas con mayor o menor éxito. Quizá lo que sucede en realidad es que algunos anhelamos más historias que intenten profundizar en el interior de nuestras figuras amadas, de nuestros santos amados.

Santas y santiguados




La santa de San Luis de David Ojeda es, sin mayores preámbulos, una buena novela. Tengo el honor de contar con un ejemplar dedicado y el libro fue uno de los regalos más personales que he recibido. Desde mi condición de excreyente me siento identificada con el viaje a las entrañas de la fe y la religión tal como lo hacen los protagonistas. Pero no es mi mezcla de amor-odio con la religión lo que me hace ver las cualidades de esta novela. David Ojeda es un buen narrador, sabe combinar historias y llevarlas a término. La santa de… no es una apología de Concepción Cabrera de Armida, tampoco es una historia de intrigas que gira en torno a una mujer arrebatada de amor por Cristo. Para mí es una novela de aventura interior que muestra cómo el hombre encontrará en su camino a un Dios que toma diversas formas y colores, algunas veces será demandante y perverso, otras será lejano y despreocupado.

La novela dirige la atención del lector hacia San Luis Potosí, es decir, a la provincia moderna que cuenta con su propios referentes políticos, sociales y religiosos y su propia lógica en cuanto a amor, poder y religión se refiere. Una mujer santa para algunos pero loca para otros es el punto de encuentro y confrontación de dos hombres separados por un siglo de diferencia. El primero, Emilio Carrasco, va a San Luis en el siglo XIX para hacer un reportaje acerca de un acontecimiento sin precedentes: el vuelo de un globo aerostático en San Luis y el segundo, Juan José Macías, llega en el año 2000 a realizar un reportaje acerca de ciertas figuras políticas del San Luis actual. Lo que empezó como una visita de rutina se convertirá, para ambos, en una etapa muy importante. Emilio Carrasco se quedó en San Luis por varios años hasta que, sintiéndose incapaz de continuar su matrimonio con una sanluiseña, regresa a la capital del país. Juan José Macías será prácticamente corrido por el marido de Noemí, una mujer con la cual obtiene recompensas imaginadas: el sexo, la confianza y la serenidad. Para Emilio Carrasco, Concepción Cabrera de Armida (recientemente elevada a los altares por el Vaticano) es una mujer perturbada por un exacerbado deseo religioso. Hay una gran distancia entre el sentido pragmático de Emilio y las efusiones místicas de Concepción, como sólo son parientes políticos esto no es un problema hasta que la “santa” contagia a la mujer de Emilio de sentimientos fervorosos y fanáticos. Mientras Adelaida de Carrasco se acerca a Dios, se aleja de su marido. Para Juan José Macías, el encuentro con Concepción Cabrera es diferente, al entrevistarse con figuras de poder en San Luis, el reportero se encuentra con un reducido grupo de sacerdotes quienes no dejarán de hablar de la “santa”. El encuentro de Macías con los religiosos y con Dios lo lleva a recordar sus juveniles deseos de ser sacerdote y su relación con Mara, la mujer con la que procreó un hijo enfermo.

En ambos casos, la mujer es la que cumple el papel espiritual, tanto Mara como Adelaida quieren infundir en sus maridos el sentimiento religioso que a ellas les permite vivir en paz. Son las nuevas Evas que dan de comer a sus hombres de un fruto que no resulta ser tan apetitoso. La religión guarda en medio de su aparente inocuidad un potencial de peligro. Quien quiera entrar en los dominios de la fe debe renunciar a sí mismo y a sus mujeres, sacrificio que los hombres de esta historia no están dispuestos a hacer. Algunas partes de la novela son transcripciones del diario de Concepción Cabrera, en sus escritos podemos ver a una mujer que sólo desea encontrarse con Dios, él es el modelo con el cual mide todas las cosas. La suya parece, entonces, una misión personal con la cual sólo ella podría entenderse, sin embargo, toda acción divina tiene consecuencias y la experiencia religiosa de Concepción se propaga alrededor suyo y determina a los que están cerca. Es arriesgado decir que la mística tiene un lado siniestro (aunque quizá ser verdad) pero sí puedo decir que ésta, al menos, no pasará en vano. Para terminar cabe mencionar que Noemí, a pesar de aparecer tan poco, es uno de los personajes más interesantes. En ella parecen reconciliarse la religión y la condición humana. Porque si uno no puede hacer un pacto tal qué puede esperar de dos amos tan exigentes.