martes, 16 de enero de 2007

Deuda con el pasado II

“Vosotros, entrando en la bien labrada mansión,
sacrificad al punto el mejor de los cerdos
para el almuerzo; y yo iré a probar si mi
padre me reconoce al verme ante sus ojos,
o no distingue quién soy,
después de tanto tiempo de hallarme ausente”
La Odisea
En cada una de sus visitas a casa quiso ser otras personas. No sé cuántas. Ellos seguramente lo recordarán mejor. Otras personas, dijo, pero siempre insegura. A mí no me engañó ninguno de sus disfraces. Llegó un fin de año como modelo de Cosmopolitan Magazine ostentando un gran bolso de viaje y maquillaje caro. Ya no hicieron en casa ceremonias religiosas. Las largas noches de arrullo del Niño Dios y de la cena megafamiliar habían pasado. Ahora dos ancianos, dos adultos agotados y tres adolescentes no se interesaron en repetir los rituales familiares. Esa noche cenaron hot dogs y sus tacones se hundieron en el lodo del corral mientras caminaba hacia la cocina.

Tenía una frase en la cabeza en su visita de Semana Santa. Trajo una cantidad de libros que ni en sus épocas de lectura obsesiva pudo leer. Tocó tres y hojeó uno. El resto ni los miró. No pagaron en casa el cable así que sin televisión la ansiedad le creció en grado extremo. Terminó en pleito con su madre, quien, por cierto, no deja de llorar y olvida siempre tomarse las pastillas para la presión y la circulación. No quiere operarse porque tiene miedo de morir.

En las vacaciones de verano quiso ser la hija comprensiva que ayuda en la crianza de los hermanos menores y que se preocupa por los viejos. Pero como les dio tantas atenciones se hicieron más dependientes. Tuvo que volver a marcar su autonomía gritando. No sabe usar otro modo.

Un sueño...todo el mundo tiene los suyos.

Es muy común que la gente relate sus sueños. Común para quien les gusta compartirlos, pues sé que no todo el mundo lo haría. De todos los sueños raros, voluptuosos, sexuales, intrascendentes y fumados que he tenido, decidí relatar el hecho de que me encontraba sentada en un lugar indeterminado cuando me llevaron un gato herido. Ya saben que en los sueños uno siempre sabe más cosas de las que pasan en realidad. Ahí estaba, sabiendo que el gato que tenía en las faldas vivía en la calle, confiando en las manos que me lo daban. Sangraba por la cabeza y se encontraba ya suelto, casi muerto. Lo tocaba por la cabeza haciéndome a la idea de que estaba mal. Recordé, porque para eso es la memoria, que podía parar la hemorragia si presionaba con los dedos lo suficiente. Él se retorcía de dolor, cada vez que lo hacía. De repente había más personas alrededor mío y todas me miraban mal preguntándose por qué hacía eso. Dije que era por su bien, que si no lo hacía podía morir, pero no dije para ellos sino para el gato. Casi milagrosamente la cabeza se seca y un pequeño agujero irregular se ve seco, palpitante, pero vencido.