martes, 9 de enero de 2007

El instinto destructor en La consecuencia de los días de Rubén Don

Lo que muchos hemos querido hacer en un impulso tanático, Rubén

En su primera novela, Ruben Don (México, D.F., 1977) ha realizado lo que algunos quisiéramos hacer en algún impulso destructor: imaginar una Cuarta Guerra Mundial (que comenzó con la destrucción de las Torres Gemelas y que terminó en la invasión del territorio de los Estados Unidos) y esperar el fin del mundo en el centro de la Ciudad de México, el ombligo del mundo. Todo esto en la novela La consecuencia de los días con la cual ganó el Primer Premio Nacional de Narradores Jóvenes de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México en el 2005.


La novela aborda el tema de la creación literaria, por cierto punto de interés en un número no reducido de obras. El joven protagonista cuenta los problemas que tiene para escribir una novela, se revela como su peor crítico porque aunque tiene un fuerte impulso por escribir, éste no es lo suficientemente eficaz como para mantenerlo escribiendo. De hecho cree que es muy joven para lograrlo: “A los veinticinco años todavía se es muy joven para tener elementos que te permitan contar tu vida”. El cuadro es más frustante cuando desde su ventana observa a un vecino que se afana horas y horas escribiendo. La situación Recuerda a Josefina Vicens porque la paradoja de esta novela es la misma que la de El libro vacío, es decir, se trata de la novela que se hace en la medida que se escribe y porque, al final, los narradores se encargan de contar lo que viven diariamente sin intención de hacer ficción.


Muchas mujeres son las que están cerca del protagonista, entre ellas hay una poeta, llamada por él “mi poeta”. Ella es un personaje simbólico porque no sólo se siente atraído por la belleza de la mujer sino de la seguridad que ésta proyecta ante la labor creativa. El romance nunca se concretiza y juntos forman una especie de amasiato fatal entre la poesía y la narrativa.

Mientras la inspiración o el coraje para escribir se presentan, el joven debe sobrevivir. Para eso se encarga de “rescatar libros” de las librerías de viejo, mismos que guarda o revende en un puesto improvisado en las calles del zócalo capitalino. Transitando por las calles el joven lleva su mochila de libros en la espalda y así parece un hombre pero con joroba.


De fondo aparece una guerra que involucra a casi todas las naciones y que inyecta de miedo el ánimo de todos, aunque cada uno tiene sus propias guerras. El miedo a la destrucción nuclear rompe con la tranquilidad. El escenario se vuelve más apocalíptico cuando muchos dejan la capital mexicana buscando sobrevivir en otras ciudades del inminente apocalipsis. Sólo un puñado de personas se queda a esperar el final.

Hay un interés generacional en la novela debido a la alusión de que los coetáneos y contemporáneos comparten los mismos problemas. Los personajes acostumbran preguntarse la edad entre ellos para saber con quién pueden identificarse. Valoro demasiado el interés de esta novela por mostrar las preocupaciones de su generación pero me inquieta la idea de que alguna generación se sienta propietaria de la soledad o del vacío. No he conocido un lugar donde se extiendan certificados de propiedad para la soledad.


Todo vuelve al centro. Después de años donde los lugares de interés en la literatura se desplazaron del centro a la frontera norte de México o al campo, se regresa al uso de un motivo geográfico: la plancha del zócalo de la ciudad de México y sus calles aledañas. Después de todo, parece que no habrá mejor lugar para morir que el mismo que ha sido señalado como el centro de origen de nuestra civilización. Ya sea porque el centro es un punto de encuentro con la historia, con el comercio formal e informal y con los plantones en el zócalo.

La consecuencia de los días es el hastío, la soledad, el sin sentido de la cosas. La guerra no viene en la novela más que a apresurar las angustía de todos. Al final, la guerra pasa y los defeños se involucran en el rol del ciudadano para emprender la reconstrucción. Cuando la tranquilidad regresa, el protagonista se encuentra deseoso de continuar su autodestrucción lejos de todos. Si la guerra no termina por matarnos siempre quedan otros caminos...

lunes, 8 de enero de 2007

Otro "tortazo" de Alex de la Iglesia

Soy, declaradamente, fan de Alex de la Iglesia. Recientemente tuve oportunidad de ver Muertos de risa, la comedia esperpéntica que relata la mala vida que una pareja de cómicos se da entre sí. Atormentados por rencillas menores (aunque no ha de ser tan menor la traición si de por medio está una mujer), Bruno (El Gran Wyoming) y Nino (Santiago Segura) se hacen la vida difícil fuera de cámaras pero se mantienen juntos porque cada uno por su lado no tiene éxito. ¿En qué consiste el humor de Bruno y Nino? Las situaciones cambian pero el esquema es siempre el mismo: Bruno abofetea a Nino, y es el “tortazo” lo que hace morir de risa a los espectadores. En cada actuación Nino se siente humillado pero es ese triste espectáculo el que los hace triunfar así que ambos aceptan sus papeles. Lo que vemos es un retrato del lado siniestro del espectáculo y de los peligros que pueden generarse a partir de situaciones absurdas y pleitos añejos. Los diálogos son, como en otras películas del director, magníficos porque muestran el grado de normalidad o paranoia en la cual entran los personajes, ésta desata las pasiones y ciega a cualquiera especialmente el que es ingenuo. La lección es que una vez emprendido el camino de la venganza no hay cabida para la compasión porque el que es débil cava su propia tumba. Es muy sintomático el resumen que la cinta hace de la historia de España en las últimas décadas del siglo XX: La muerte de Franco, el golpe de estado y las olimpiadas de Barcelona 92 fueron eventos que abrieron las puertas de España al mundo y en esa turbulencia de hechos y de emociones se genera una tregua entre los dos cómicos... sólo eso porque el espectáculo debe continuar.