lunes, 18 de diciembre de 2006

Deuda con el pasado

Mala edad son los treinta años para ponerse a investigar de dónde viene uno. El niño pregunta qué es una estrella y si hay un cielo para los gatos pero el adulto ya tiene miedo a la risa burlona o la mirada desconfiada. Si al verme los familiares lejanos vieran un cuerpo gordo, un maquillaje estridente, los dientes amarillos y en mi vientre flojo el número de mis hijos nacidos seguro confiarían en mí. Lo que tengo son las palmas de mis manos donde las líneas de la vida, la muerte y el amor mantienen los mismos vaticinios que hace diez años sin que ninguno llegara a cumplirse para mi suerte o mi condena. No sé qué preguntar ni a quien. Nadie podrá al final hablar o dar una pista. Ir al Registro Civil me he dicho. ¿Pero cómo haría para lograrlo? Podrá cualquiera llegar y decir: “Señorita, deseo firmemente saber quién soy y para eso deseo buscar en sus libros las actas de nacimiento de mis bisabuelos?, ¿dígame, dónde las pido?” El vidrio de la ventanilla no la dejará escucharme y tendré que repetirle a gritos la pregunta. En eso los que detrás de mi se encuentren callarán porque en el Bajío no gritamos, todo tiene su lugar y uno va al DF a gritar en serio para que se sepa que no estamos de acuerdo con el mundo así como lo vemos todos los días. Para eso están las muecas, las jetas, las caras de emputecimiento que harán mis paisanos cuando entretenga a la emperifollada mujer haciéndole preguntas así. Cuándo podrá alguno de la fila en lugar de lanzar quejas al aire decir que ellos sí tienen asuntos pendientes por resolver. ¿Por qué ninguno no me manda a interrogar a mi abuela?..

Nunca pregunté a ella nada, estimado señor ¿Pérez?, ¿González?, ¿quizá Martínez? Da igual, si lo relevante es que usted sepa cuál es su apellido. ¡Escuche! ¿Desde cuándo había que preguntarle a mi abuela? Era ella la que tenía lengua para usarla que por algo Dios se la dio. No me dirán ustedes que no tienen la suya en casa. Y siempre será mejor tener una como la mía que una suegra parlante. Puedo imaginarla pidiendo a los peones de su hacienda un taco de salsa y sal. Pero no le creo. ¿Qué podría comer en su casa?, ¿caviar? Y es tanta mi necedad por saber de dónde venimos que si estoy así es porque deseo creer que el techo de su recámara era alto y que en su primera comunión le sirvieron chocolate las monjas de su pueblo.

Sufría la abuela; María Elena Torres nació para sufrir y murió en una cama individual para hacer sufrir a los que quedaban. Yo también duermo en una cama pequeña, será porque sé que moriré sola y que habré de vérmelas conmigo nada más los últimos días de mi vida. El amor es tan difícil de aceptar y ella decía que lo conocía, que lo había vivido, que se encontraba en Melquíades. Me era difícil imaginármela feliz y regalada si la vi estirar el gasto y de plano mendigar por unos cuantos pesos. Por eso no le creí, por eso no la imaginé abriendo la caja de su ajuar de boda. Estiró sus blancas medias con encaje en el muslo al atardecer y en la noche se retiró un corsé bordado con hilos plateados y adornado con listones. Quise vestirla en la funeraria. Sabía que si alguien podría hacerlo era yo porque intentaría vestirla como hizo su madre en sus primeros años. Dijo que sus abuelos eran Collantes provenientes de España. A los seis años uno no sabe nada de España, pero con los años sabía que ella se refería a sus bisabuelas como mujeres que, ante el menor riesgo de perder la compostura o después de picar la cebolla o enterrar el cuerpo del amante recién asesinado, se ajustan el suéter con ambas manos haciendo un gesto de importancia. No encontré en España nada que me reflejara a mí misma ni a ella y nunca me fijo de la posición de mis manos al ajustarme el suéter…